El peronismo y la Tercera Posición en la multipolaridad
Desconcertados como los Hijos de Fierro
El peronismo atraviesa una etapa de desconcierto. No es solo el desconcierto propio de una derrota electoral, sino también el que provoca el encarcelamiento de su conductora, Cristina Fernández de Kirchner. Como en esos partidos de fútbol donde el equipo que va perdiendo por goleada, en vez de ordenarse para jugar mejor, se descompone en reproches mutuos —»¡Esa era tuya!», «¡Burro, la tiraste afuera!»—, el movimiento se encuentra hoy más preocupado por dirimir culpas internas que por construir una estrategia de futuro.
La imagen es casi cinematográfica. Como en esas batallas hollywoodenses donde el ejército, al sufrir la baja de su jefe, se desbanda sin saber hacia dónde ir. Pero hay una imagen aún más potente, arraigada en nuestra cultura política, para describir este momento: el final de Los hijos de Fierro —esa película fundamental de Fernando Solanas—, cuando los jinetes, al conocer que Perón ha partido al exilio, salen cabalgando en dirección hacia los puntos cardinales. Hoy, los jinetes del peronismo galopan en direcciones opuestas, y en ese galope desordenado, se juega el futuro de la doctrina que alguna vez prometió ordenar la casa.
Pero quizás el problema no sea la brújula en sí misma, sino la disputa permanente por interpretarla. Porque si hay un concepto que ha servido como norte declarado del peronismo a lo largo de sus más de siete décadas, ese es el de la Tercera Posición. La pregunta que emerge en este tiempo de desconcierto es: ¿qué significa realmente ser «tercerista» en el siglo XXI? Y más importante aún: ¿quién tiene la autoridad para definirlo?
La Tercera Posición como sello de autonomía
Para entender el presente, conviene volver al origen. La interpretación histórica más aceptada señala que la Tercera Posición nació como una estrategia de autonomía en el contexto bipolar de la Guerra Fría. No se trataba, como a veces se ha querido simplificar, de una ingenua búsqueda de un «justo medio» entre capitalismo y comunismo. La esencia de la doctrina era la no alineación activa: la defensa de la autodeterminación de los pueblos frente a la presión de los dos bloques hegemónicos.
Con el tiempo, ese concepto inicial derivó en una noción geopolítica más amplia: la idea de pertenencia al Tercer Mundo y el acompañamiento a los Movimientos de Liberación Nacional que emergían en Asia, África y América Latina. El peronismo encontró allí una causa que trascendía las fronteras argentinas y lo conectaba con una épica global de emancipación. Era la hora de los pueblos, y Perón —viejo zorro de la política— supo leer el signo de esos tiempos.
Sin embargo, como señala el filósofo José Pablo Feinmann, la Tercera Posición tiene un «inmediato problema de identidad» porque se define por lo que no es. Esa vacuidad original, esa falta de contenido positivo y fijo, le ha permitido al peronismo una flexibilidad asombrosa para adaptarse a distintas épocas. Pero también ha sido su condena: esa misma plasticidad lo ha hecho presa fácil de interpretaciones que nada tienen que ver con su espíritu originario.
La manipulación de la derecha peronista
La contracara de esa flexibilidad es, exactamente, la utilización y manipulación del concepto por los sectores más reaccionarios del movimiento. Un ejemplo paradigmático es la revista El Caudillo de la Tercera Posición, publicada entre 1973 y 1975. Vinculada al Ministerio de Bienestar Social de José López Rega, esta publicación representa a la perfección a la derecha peronista: se apropió de los mismos términos («Tercera posición», «justicia social», «liberación nacional») pero les dio un contenido completamente diferente: uno anticomunista, autoritario y virulentamente enfrentado a la izquierda peronista.
Para esa ortodoxia de derecha, la Tercera Posición no era un camino de autonomía frente a las potencias, sino una trinchera para combatir al «enemigo interno marxista». Su discurso mezclaba nacionalismo, revisionismo histórico y un fuerte contenido conspirativo contra la imaginaria «sinarquía internacional». Era, en definitiva, el mismo nombre para designar algo radicalmente distinto: no la liberación, sino la persecución; no la unidad latinoamericana, sino el nacionalismo excluyente.
El colmo de esta degradación conceptual llegaría décadas después, cuando Eduardo Duhalde intentó asimilar la Tercera Posición a la «Tercera Vía» del socialdemócrata Tony Blair. El contrasentido no podía ser mayor: el mismo Perón que había desconfiado siempre de la socialdemocracia europea —a la que consideraba funcional al imperio— era ahora invocado para justificar el alineamiento con el Consenso de Washington y las políticas del Nuevo Laborismo británico. La Tercera Posición devenía así en coartada para la entrega.
La tensión permanente
Esta tensión constitutiva del peronismo —su capacidad de ser muchas cosas a la vez, incluso contradictorias entre sí— ha sido objeto de reflexión teórica. Para Ernesto Laclau, la «invertebración» del peronismo no es un defecto sino casi la condición de posibilidad del populismo. Si el peronismo tuviera un contenido fijo, una vez y para siempre, no podría articular la pluralidad de demandas que lo constituye. Su eficacia política reside precisamente en su capacidad de ser un significante vacío que distintos proyectos intentan llenar.
Pero para John William Cooke, esa misma vacuidad era el problema a resolver. El «gigante miope» —como llamaba al peronismo— necesitaba adquirir visión revolucionaria; el «invertebrado» requería una columna vertebral ideológica y organizativa que lo orientara hacia la liberación nacional y el socialismo. Dicho de otro modo: Laclau describe la lógica que hace posible al peronismo como fenómeno político de masas; Cooke prescribe la dirección que debería tomar para no ser capturado por sus sectores más conservadores.
Esta tensión explica por qué Cooke fue, como usted bien apunta, «anulado por el olvido y la indiferencia de la oficialidad conservadora y liberal del movimiento». Su lectura del peronismo como «hecho maldito del país burgués» —es decir, como la irrupción de lo popular que el establishment no puede digerir— era incompatible con la burocracia sindical y política que siempre prefirió la negociación con el régimen antes que la confrontación.
La historia del peronismo es, desde esta perspectiva, la historia de esa disputa: entre quienes quieren llenar el «significante vacío» con un proyecto transformador (Cooke, la Tendencia Revolucionaria, el kirchnerismo en sus momentos más progresistas) y quienes lo utilizan para legitimar alianzas con el poder concentrado (la burocracia, la derecha peronista, el menemismo). Como escribió el propio Cooke en una de sus últimas cartas a Perón: «Piense General qué va a significar para los argentinos ser peronista cuando usted ya no esté».
Perón, el estratega y el pragmatismo como método
Perón fue, ante todo, un estratega. Conocía el arte de la política y la conducción como pocos, y por eso mismo supo manejar con maestría el péndulo entre la doctrina y el pragmatismo. Un líder así actúa sin desconocer el contexto, y por lo tanto tomar algunas de sus frases como mandatos escritos en piedra —como si fueran las Tablas de la Ley— es desconocerlo profundamente.
Néstor Kirchner y Cristina Fernández fueron y son, cada uno a su manera, los mejores herederos de Perón en este sentido. Supieron leer el momento histórico y actuar en consecuencia, sin ataduras dogmáticas pero con una brújula clara: la defensa de los intereses populares y la recuperación de la autonomía nacional. Kirchner entendió que en los años posteriores al 2001 la prioridad era reconstruir un Estado que garantizara derechos y sacara al país del infierno neoliberal. Cristina profundizó ese camino en un contexto de mayor complejidad internacional, enfrentando a los fondos buitre y buscando inserción protagónica en un mundo multipolar.
Ambos comprendieron que ser peronista no es repetir consignas, sino interpretar la realidad para transformarla. Eso es, exactamente, lo que Perón hacía.
El mundo multipolar y la Tercera Posición como geopolítica de la autonomía
Hoy, la Tercera Posición ya no se predica como una «tercera vía» ideológica entre capitalismo y comunismo, sencillamente porque esa dicotomía ha perdido centralidad. En su lugar, se ha transformado en una geopolítica de la autonomía en un mundo de potencias relativas. El objetivo sigue siendo el mismo que hace setenta años: maximizar la soberanía política y la independencia económica de la Argentina, pero ahora maniobrando hábilmente entre los distintos polos de un tablero global mucho más complejo.
La «Soberanía Multipolar» es, en este sentido, el nombre actual de la vieja Tercera Posición. Esta interpretación coloca el acento en la autonomía, la diversificación de alianzas y la cooperación Sur-Sur. Es una visión que busca insertar al país en el mundo aprovechando las grietas del orden unipolar, pero desde una perspectiva de integración regional y desarrollo con inclusión social. Es la herencia de aquel «peronismo antiimperialista» que supo articular Cooke y que el kirchnerismo intentó recuperar.
En la práctica, un gobierno que se reclame heredero de esta doctrina se enfrenta a lo que podríamos llamar la «tensión del juego pendular»: debe hacer gestos de autonomía para sostener su identidad histórica, mientras negocia ventajas concretas con todos los centros de poder global. La habilidad reside en regular ese péndulo para obtener beneficios sin quedar aislado ni perder credibilidad internacional.
Las tentaciones de la nueva derecha: Picheto y el realismo geopolítico vaciado
Sin embargo, la historia nos enseña que el concepto también puede ser vaciado y llenado de otros significados. En un mundo multipolar, la «Tercera Posición» podría ser reinterpretada por sectores de derecha como un pragmatismo extremo o un «realismo» geopolítico que justifique alianzas con potencias autoritarias sin ningún contenido de justicia social, o que utilice el discurso de la soberanía para cerrarse al mundo y profundizar modelos económicos regresivos.
La tentación de esta «derecha simpaticona» —encarnada en figuras como Guillermo Moreno o algunos personajes que en el nuevo siglo han buscado actualizar el discurso nacionalista de derecha— es repetir la operación de El Caudillo pero con códigos del siglo XXI. Sería el equivalente moderno de aquella «vulgata» nacionalista y anticomunista de los setenta, pero actualizada a los conflictos del presente: un discurso que habla de soberanía pero vacía de contenido popular ese término, que invoca a Perón pero desprecia la militancia, que dice defender la patria mientras negocia con los sectores más concentrados de la economía.
La diferencia crucial es que hoy no hay un «enemigo interno» marxista al cual perseguir, pero siempre es posible construir nuevos enemigos: el «progresismo», la «ideología de género», el «globalismo». La operación discursiva es la misma: apropiarse de los significantes del peronismo para llenarlos con un contenido autoritario y excluyente.
Tercera Posición en el debate actual
Volvamos a la imagen inicial. El peronismo es hoy esa partida de jinetes dispersos, cada uno cabalgando hacia un punto cardinal distinto. Pero la dispersión no es necesariamente una condena si existe una brújula compartida. Y esa brújula, para el peronismo, ha sido siempre la defensa de los intereses populares y la búsqueda de autonomía nacional.
La «Soberanía Multipolar» es hoy uno de los posibles contenidos de esa brújula, quizás el más prometedor. Pero la lección de la historia es que esa definición nunca es definitiva. La disputa por el significado de la Tercera Posición es, en el fondo, la disputa por el alma del peronismo. Y esa disputa no tiene fin: se renueva en cada contexto histórico, en cada coyuntura, en cada decisión política.
Como dijo alguna vez Cooke: el peronismo es un hecho maldito para el país burgués. Y lo es precisamente porque su existencia misma plantea la pregunta incómoda: ¿de qué lado están ustedes? ¿Del pueblo o de las corporaciones? ¿De la patria o de los Trump? ¿De la liberación o de Milei?
Esa pregunta sigue vigente. Y mientras haya peronistas dispuestos a formularla, el movimiento tendrá rumbo. Los jinetes podrán dispersarse transitoriamente, pero la brújula —la necesidad de justicia social, independencia económica y soberanía política— seguirá señalando el SUR. El desafío es no dejarse engañar por quienes, con el mismo mapa en las manos, quieren llevarnos hacia el Norte.
Solo recuperando ese sentido estratégico, y evitando tanto la dogmatización estéril como la apropiación conservadora, el peronismo podrá dejar de ser ese ejército desbandado de Los hijos de Fierro para volver a cabalgar, juntos, hacia un destino común. Porque, al final, la disputa no es por una etiqueta. Es por el rumbo de un país.

Periodista, ciclista amateur, observador desde las orillas. Fundador y Director de Emisora Regional 97.3. En este espacio escribo con libertad y humor, sin compromisos de cobertura ni solemnidad.